Con trazo libre

Revista Ritmo 951. Junio 2021

Mobirise

Una joven toca el contrabajo a la luz gris de una ventana. Sus ojos oscuros parecen estar lejos, tal vez concentrados en las notas graves que surgen de las gruesas cuerdas con la misma elegancia y naturalidad que muestra la intérprete. Las figuras bellas y rotundas de mujer e instrumento se funden en una armonía tan pura que parece que nacieron para acompañarse. Nos resulta difícil imaginarlas cada una por su lado, pues sus perfiles han sido dibujados con decisión y sabiduría por una mano maestra. Esas líneas negras conforman el trazo, poderoso e inconfundible, de la pintora francesa Suzanne Valadon (1865-1938).

Se llamaba en realidad Marie-Clémentine, y cuentan que fue Toulouse-Lautrec quien la bautizó con el nombre que la hizo famosa. En su obra Gueule de bois (Resaca), el pintor la retrata acodada en la mesita de un café parisino ante una botella de licor. Suzanne Valadon se diferenció de la mayoría de sus colegas femeninas en que ella sí fue asidua de cafés-concierto, tabernas y otros tugurios donde los pintores de la modernidad encontraban inspiración. Lugares vedados a las mujeres respetables y en los que Suzanne se desenvolvió como pez en el agua, haciendo uso de una libertad -transgresora incluso en el París del cambio de siglo- que rigió toda su trayectoria. 

Nació en el estrato más bajo de la sociedad, hija de una madre soltera con la que vivía en Montmartre, entonces un suburbio parisino insalubre y miserable. Prácticamente analfabeta, pero poseedora de una belleza fulminante, comenzó, siendo una adolescente, a trabajar como modelo. Durante años posaría para Renoir, Puvis de Chavannes o Toulouse-Lautrec entre otros, uniéndose a su vida bohemia y a sus correrías nocturnas. Pero Suzanne Valadon era extremadamente inteligente, y, mientras posaba, observaba a aquellos hombres realizar su trabajo. Y aprendía.  

El contrabajo ha sido la más reciente incorporación a la familia de la cuerda frotada, por lo que la atención que le han prestado las artes se reduce a los dos últimos siglos. Una de las muestras más bellas es el retrato que hoy presentamos, pero no es la única. Por ejemplo, para el poeta argentino Leopoldo Lugones (1874-1938), uno de los pioneros del modernismo literario, el sonido grave del contrabajo se traduce en endecasílabos. En su poema A ti, única (Quinteto de la Luna y el Mar), cada instrumento se expresa con métrica diferente, y las oscuras notas del gigante de cuerda encuentran su reflejo poético en este verso, de origen italiano, que Garcilaso de la Vega trajo a España en el siglo XVI. Parece que es también entonces, en pleno Renacimiento, cuando, a partir de la viola da gamba y del violón bajo, comienza la andadura del contrabajo, que no adquirirá entidad propia hasta mediados del XVIII. 

De manera autodidacta, Suzanne Valadon desarrolló un estilo propio, y su talento eclosionó, resplandeciendo en el ambiente artístico del momento. Si bien tuvo el apoyo de colegas como Edgar Degas, sería otra mujer quien diera el impulso definitivo a su carrera pictórica. Berthe Weill (1865-1951) había sido aprendiz de anticuario, y en 1901 abrió una pequeña galería, convirtiéndose en la primera mujer marchante de arte de París. La galería B. Weill organizaba exposiciones de jóvenes artistas, y sería un enclave decisivo para el desarrollo de las vanguardias. Además de Valadon, artistas como Braque, Rivera, Modigliani o Marie Laurencin expusieron su obra allí. 

Valadon cultivó el paisaje y la naturaleza muerta, y realizó numerosos retratos. El dibujo, firme y enérgico, es siempre protagonista en sus composiciones, donde colores brillantes y sensuales deslumbran nuestra mirada. Destacan sus desnudos, tanto femeninos -que recogen, en clave de descarnada modernidad, el testigo de los venecianos del siglo XVI- como masculinos, en los que se muestra, una vez más, libre y única. En La red (1914), tres pescadores sirven de pretexto a la artista para recrearse en la anatomía masculina como fuente de belleza y deseo, de la misma forma en que los varones, durante siglos, lo han hecho con la femenina.  

Sus retratos son magnéticos. La imagen más conocida de Erik Satie fue pintada por Suzanne en 1893, cuando ambos eran amantes. Satie también la dibujó sobre papel pautado, y le propuso un matrimonio que ella no aceptó. Después de seis meses, la artista se marchó, dejándole “nada más que una soledad helada que llena la cabeza de vacío y el corazón de tristeza.” Fue para curar aquel dolor, según dicen, que Satie compuso sus Danzas góticas

Suzanne Valadon creó más de cuatrocientos óleos y trescientos dibujos, conoció el éxito artístico y llevó las riendas de su vida en todo momento. La joven pobre y casi analfabeta logró convertirse en una de las pintoras más interesantes y valiosas del postimpresionismo a base de talento y osadía. Una carrera brillante construida de la nada. Una existencia libre de ataduras, bohemia y excesiva. Una obra original, audaz, fascinante.  

Si hubiera sido hombre, los libros hablarían de un genio.


Imagen: Suzanne Valadon: Mujer con contrabajo, 1908. Petit Palais, Ginebra

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