Ahora que falta

Revista Ritmo nº966
Noviembre 2022

Mobirise

Alguien pensará, algo no cuadra aquí. Y tendrá razón. Por primera vez -desde que, hace dos años y medio, comencé a publicar sobre música y mujeres artistas-, la referencia musical en la obra de arte propuesta no es explícita, sino en clave, como el mensaje de un espía, huidiza, como la presencia de un fantasma, tácita, como el tiempo de negra espalda, que nunca se apiada. Para descifrar la relación que tiene con la música este magnífico retrato de la fotógrafa española Victoria Iglesias (1966), es preciso conocer al retratado.

Javier Marías (1951-2022) fue, además de editor, traductor y uno de los mejores escritores españoles -antes y mejor reconocido fuera de España-, un gran melómano. Este aspecto de Marías es menos notorio que sus otras y célebres pasiones (la literatura, el cine, el fútbol), por haberle dedicado pocos escritos. Aparte de hacer a un tenor lírico, el León de Nápoles, protagonista de su novela El hombre sentimental, sólo unos pocos artículos y algún cuento –estoy pensando en Mala índole, cuya trama arranca en el rodaje de una película de Elvis Presley- reflejan su condición de amante de la música. Sin embargo, era para él la forma más elevada de arte.

Para los lectores interesados en los textos que Javier Marías dedicó a la música, sugiero, aparte de la citada novela, tres artículos. En Música en la retina (5 de mayo de 1996, recogido en Mano de sombra), el escritor celebra la creciente quiebra de los prejuicios contra la música “popular” escrita por los compositores de bandas sonoras para películas. Los Hermann, Rózsa, Tiomkin, Rota..., son, sostiene, quienes mantuvieron, en las salas de cine, la conexión entre música sinfónica y público mayoritario, que había sido constante desde Mozart hasta Wagner, y que rompieron los compositores dodecafónicos.

Otro tipo de música, pero música al fin, llena el texto de La penumbra de Dean Martin (6 de abril de 1997), donde Marías nos narra su redescubrimiento del crooner con la voz más hermosa. En Música para camaleón (9 de agosto de 1998, recogido, como el anterior, en Seré amado cuando falte) podemos conocer, de su propia pluma, el motivo por el que no solía escribir sobre música, sus gustos -los confesables- y cómo en su familia hay nada menos que tres músicos (“empezando por mi hermano barroco, Álvaro”). También su preferencia por los vinilos, su resistencia a pasarse al formato CD, y su claudicación final.

La literatura de Javier Marías ha sido una constante en mi vida desde que lo descubrí, a los dieciocho años. Mi padre trajo a casa un ejemplar de Cuando fui mortal, recopilación de relatos breves cuyo atractivo título (nadie los pone mejores) llamó mi atención. Quedé tan fascinada por aquella escritura que no se parecía a nada, por sus historias donde el tiempo, los fantasmas y las frases shakespearianas son siempre actores –a veces de reparto, otras protagonistas-, que compré enseguida Corazón tan blanco. Recuerdo con nitidez cómo salí de la librería y, sin poder esperar, leí, caminando por la calle, las primeras palabras: “No he querido saber, pero he sabido...”. Aprendí aquel comienzo de memoria.

Mi deslumbramiento inicial evolucionó desde la idolatría juvenil -quería leer todo cuanto él había leído, saber acerca de los personajes de los que hablaba, ver las películas que lo habían marcado, hacer mías sus opiniones- a una admiración más madura y reposada –hace tiempo que no estoy de acuerdo con muchos de sus artículos de opinión, mis gustos literarios son ahora propios-. Sin embargo, durante todos estos años, no he dejado ni un instante de disfrutar con su escritura, y he recibido cada nueva novela como un regalo. No hace tanto que corrí a la librería a comprar Tomás Nevinson, la última, como en una mañana de Reyes. Cuando me golpeó la noticia de su muerte, pensé absurdamente que nunca más podría volver a hacerlo. El dolor adopta formas curiosas.

En lo personal, me consta que Javier Marías era en extremo atento y generoso. Guardo como un tesoro varios libros que me envió, con extensas dedicatorias, a modo de respuesta a las cartas en las que yo le expresaba con entusiasmo toda mi admiración. Escribía siempre con pluma, y tenía una letra inteligente y hermosa.

Quienes amamos la lectura sentimos la pérdida de algunos escritores como personal. En el caso de Javier Marías, y emulando torpemente alguna de sus reflexiones, he vivido mucho más tiempo con él formando parte de mi existencia que antes de conocerlo. Ayer he sabido que sus pasos ya no caminan la tierra, que su tiempo cesó. Por eso sé que disculparán, sólo por esta vez, el pequeño juego de espías, la referencia indirecta, el mensaje en clave de la obra de este mes. Porque amo los libros casi más que cualquier otra cosa, y he perdido al escritor de mi vida.

Leo en una página al azar: “A un escritor se lo puede seguir acompañando siglos después de su muerte, basta con leer lo que contó o dijo.” Y pienso que Javier Marías, además, quizá nos visite, a sus lectores devotos, en forma de fantasma, como el capitán Gregg a la señora Muir.

Imagen: Victoria Iglesias, Retrato de Javier Marías, 2018 

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