Música de verbena

Revista Ritmo 952. Julio-Agosto 2021

Mobirise

Al asomarnos a esta escena, una explosión de colores, sonidos y aromas deslumbra nuestros sentidos. Las notas rasgueadas por el guitarrista ciego que pide limosna en una esquina se perdieron hace rato entre melodías de tiovivo, coplas de Rafael de León y algún organillo lejano. Todo es extraño pero a la vez familiar; los tonos brillantes del lienzo y las sonrisas de las dos jóvenes que se abren paso entre la multitud nos transmiten optimismo y alegría de vivir. Se trata de una obra genial e inclasificable, como casi todo en la producción de su autora, la pintora española Maruja Mallo (1902-1995)

Nacida en Viveiro (Lugo), fue una de las brillantes mujeres de la generación del 27. Su temprano talento para el dibujo la mueve a trasladarse a Madrid muy joven, e ingresa en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Allí conoce a varios intelectuales madrileños y a los artistas de la Residencia de Estudiantes, en cuyo grupo se integra como una más junto a Dalí, Lorca, Buñuel y compañía. Su trabajo pronto alcanza éxito y renombre en los círculos cultos: será Ortega y Gasset, fascinado por la obra de Mallo, quien organice para ella la primera y única exposición que se hará en la Revista Occidente. 

Intrépida y juerguista en su vida social, Mallo es sin embargo una pintora casi ascética, minuciosa, perfeccionista y lenta. De técnica exquisita, construye siempre sus composiciones sobre un entramado geométrico que las sustenta. Esta inclinación hacia la geometría surge por influencia del pintor uruguayo Joaquín Torres García y los libros de Matila Ghyka, un matemático rumano que estudia las proporciones en la Naturaleza. La serie Naturalezas Vivas (1941-44), fruto de la visita de la artista a las exuberantes playas del Pacífico chileno, es una interesante muestra de ello. 

La obra de Mallo, poliédrica y cambiante, nunca permanecerá dentro de una etiqueta. Una constante en su carrera será trabajar por series temáticas de cuadros, como Cloacas y campanarios (1932), que entusiasmó a André Breton, o La religión del trabajo (1937), inspirada por sus salidas al campo junto a Miguel Hernández. La escena que hoy nos acompaña pertenece a una serie de cuatro óleos sobre las fiestas madrileñas, y representa, según Ramón Gómez de la Serna, la Verbena de San Isidro. Las grandes diagonales cruzadas que sostienen la composición le imprimen dinamismo, y ante nuestros ojos desfila alegremente toda una galería de personajes, extravagantes o caricaturescos, a veces incluso con trasunto real -la joven con falda de tenista es, muy probablemente, su amiga, la escritora Concha Méndez-. Mallo retrata la cultura popular con tintes de esperpento valleinclaniano y guiños a sus raíces artísticas, como ese guitarrista de aroma goyesco. El sentido del humor, sello de la fina inteligencia de la artista, alumbra toda la escena. De su serie de verbenas dijo García Lorca: “Son los cuadros que he visto pintados con más gracia, imaginación, sensualidad y ternura.” 

Mallo viaja a París para explorar el mundo de la escenografía. Resultado de este estudio serán, entre otros proyectos, los diseños para Clavileño, la ópera cómica de Rodolfo Halffter (1900-1987) que se pensaba estrenar en la Residencia de Estudiantes. Se conservan algunas fotografías de sus maquetas, impregnadas en la plástica terrosa de la Escuela de Vallecas, cuyo trabajo interesaba a Maruja por aquella época. Son de una belleza primitiva y misteriosa, originales y audaces como toda la obra de la artista. El triste destino de Clavileño fue el de aquella formidable eclosión intelectual, cultural y artística que supuso la Segunda República española. El golpe de Estado contra el gobierno democrático, que provocaría la Guerra Civil, impidió el estreno de la obra. Y en 1939, las aviaciones alemana e italiana, aliadas de las tropas franquistas, bombardearon en Figueras a los civiles que intentaban huir a Francia para escapar de las represalias. Con ellos iba Rodolfo Halffter, que perdió en el bombardeo lo poco que llevaba consigo. Entre las esquirlas del odio ardieron las hojas de la partitura de Clavileño, que nunca pudo recuperarse. 

Maruja Mallo creía con firmeza en los valores de la República, especialmente en el poder de una educación universal. Participó con entusiasmo en las Misiones Pedagógicas, y, tras el estallido de la guerra, se vio obligada a huir de la tierra que tan importante había sido en la génesis de toda su plástica. La poeta Gabriela Mistral, entonces cónsul chilena en Lisboa, la ayudó a viajar a Argentina, donde permaneció treinta años. La élite intelectual bonaerense hizo de Mallo una celebridad, viajó y expuso por toda América. Los del exilio fueron años productivos y exitosos. 

Cuando por fin regresó a España, nadie recordaba a Maruja Mallo. Los artistas de la movida madrileña, ya en los ochenta, rescataron al personaje, excéntrico y caricaturesco como los pintados en sus verbenas. La artista, inmensa, y su obra, clave en la vanguardia del arte español, están aún por rescatar. 

Imagen: Maruja Mallo, La Verbena, 1927 (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid)

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