Vidas divergentes

Revista Ritmo 961. Mayo 2022

Mobirise

Hay una evidente rotundidad clásica en la figura de esta mujer. La belleza lánguida, las formas armoniosas, los pliegues volumétricos e incluso el instrumento, una mandolina, tienen el perfume inconfundible del Renacimiento italiano. Y, sin embargo, los planos geometrizantes que construyen las formas, el estilismo y los altos rascacielos del fondo nos hablan de una rabiosa modernidad. Referencias clásicas pasadas por el tamiz, muy leve, de las vanguardias, belleza, magnetismo y modernidad son las claves que podrían resumir el lenguaje artístico de Tamara de Lempicka (1898-1980)

Nacida Maria Gorska en una rica familia polaca, su infancia en Varsovia estuvo rodeada de lujos y estímulos culturales. Recibió una educación esmerada y cosmopolita -que incluía el arte- en un exclusivo centro de Suiza, y a los doce años pintó su primer retrato. En un viaje por Italia con su abuela conoció de primera mano el arte de los maestros renacentistas, que dejarían una huella indeleble en su obra posterior. Con apenas dieciocho años, la joven se casa en San Petersburgo con un abogado polaco del que toma su apellido, y ambos se instalan en París tras el estallido de la revolución rusa. Allí, Tamara recibirá clases de Maurice Denis y André Lhote, de quienes toma elementos del lenguaje cubista y, particularmente de Lhote, la rotundidad de las figuras y el placer estético y exuberante de la pintura.

Expone sus primeros trabajos, principalmente retratos y escenas domésticas, en el Salón de los Independientes y el Salón de Otoño, donde obtiene su primer éxito en 1922 ocultándose tras el nombre masculino Lempitzki. En 1925, la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas, que daría nombre al estilo art déco, proporciona el espaldarazo definitivo a la carrera de Tamara, que sólo necesitaría su inteligencia y habilidades sociales para catapultarse al estrellato. Expone en Milán y participa en la Exposición Internacional de Burdeos, donde gana el primer premio. Colabora con importantes revistas de moda y se va labrando una clientela de personajes ricos y modernos de la alta sociedad -a la que ella misma pertenece- retratándolos llenos de magnetismo y sensualidad. En 1932 pintará en España los retratos de Alfonso XIII e Isabel de Grecia.

La aparición de instrumentos musicales fue habitual tanto en los cuadros renacentistas, inspiración de Lempicka, como en el cubismo, cuyo lenguaje aprendió con sus maestros en París. Además de la imagen que hoy presentamos, podemos encontrarnos con la música en otras obras de Lempicka, como el Viejo con guitarra (1935), que toca en realidad una mandolina, o la muy botticelliana Amethyste (1946), concentrada en las notas de una guitarra española. La figura humana, sin embargo, es siempre protagonista en los cuadros de la pintora polaca.

En la década de 1930 los museos comienzan a coleccionar sus obras, cotizadísimas en el mercado, y el éxito de Tamara no hace sino crecer mientras ella, ejerciendo de diva de la modernidad, exprime una vida social excéntrica y alocada y viaja alrededor del mundo. Además de sus soberbios retratos, la pintora se prodiga en sensuales desnudos femeninos, en los que el eco de Ingres se hace muy presente, y unos pocos bodegones excelentes.

En su hermoso libro La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral, 2013), la escritora Rosa Montero reflexiona sobre la vida, la muerte y el duelo a partir del diario que Marie Curie escribió tras fallecer su esposo Pierre. Maria Salomea Skłodowska (Varsovia, 1867 – Passy, 1934) era, como Tamara de Lempicka, mujer, polaca y judía, y, al igual que ella, terminó instalándose en París para estudiar. Hasta ahí, sin embargo, llegan las coincidencias, ya que la ganadora de dos premios Nobel -de Física uno, de Química el otro- tuvo la vida más difícil que imaginarse pueda. Resulta espeluznante el rosario de obstáculos -enormes, inasibles, monstruosos- que aquella mujer extraordinaria tuvo que superar, no sólo para lograr estudiar en la Universidad, sino después, durante sus investigaciones junto al marido, en condiciones tan precarias que parece increíble que dieran aquellos frutos asombrosos, y más tarde, ya viuda, cuando una caterva de colegas envidiosos desató una infame campaña misógina de desprestigio contra ella.

Su lucha -contra las convenciones, contra su propia conciencia de no estar haciendo lo que debía al no quedarse en casa a cuidar de su padre anciano, al no tener leche suficiente para amamantar a su hija, al querer hacer justicia a su inteligencia privilegiada a pesar de todo un universo que se oponía- adquiere proporciones épicas cuando se recorre su vida, comentada por Rosa Montero con emoción y sabiduría literaria.

Dos mujeres que llegaron a lo más alto en sus respectivos campos, dos vidas radicalmente diferentes. Disfruten de la belleza deslumbrante de las pinturas de Lempicka, donde todo es fácil, y de aquella otra, más melancólica, del libro de Montero, a veces más difícil, por momentos desgarrador, pero igualmente hermoso. Como la vida.

Imagen: Tamara de Lempicka, Mujer con mandolina, 1933. Colección particular.

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