Dama a la espineta

Revista Ritmo 938, Marzo 2020

Mobirise

Una dama nos mira fijamente mientras interpreta una pieza musical a la espineta. Viste según la moda italiana del siglo XVI, y todo en su postura, gesto y adorno es elegante y estudiado. Tras ella, una criada con la mirada perdida sostiene la partitura solícitamente. La dama es Lavinia Fontana (1552-1614), pintora boloñesa, y este autorretrato es su carta de presentación. Ante el futuro esposo buscado por su padre, con toda probabilidad, pero también ante la sofisticada sociedad boloñesa, sus eruditos clientes y sus competitivos colegas varones. Lavinia sabe que por medio del autorretrato debe demostrar no solo sus dotes como pintora, sino su formación humanista, su exquisita cultura y su condición de dama perfecta.

En las cortes italianas del siglo XVI, ser una dama perfecta no era cuestión subjetiva. Abundaban los tratados de buenas maneras, siendo el más difundido y célebre El Cortesano, de Baldassare Castiglione, que se publicó por primera vez en 1528 (obra muy recomendable aún en nuestros días por su elogio de la tolerancia y el buen debatir, bienes cada vez más escasos). Dice Castiglione por boca de uno de sus personajes que, entre otras muchas virtudes, esta dama ideal “quiero que tenga noticia de letras, de música, de pinturas, y sepa danzar bien”. Eso sí, los instrumentos no deben hacer que la dama, al tocar, adopte posturas o gestos indecorosos o ásperos. De ahí que la espineta, o su versión más pequeña, el virginal (posiblemente llamado así por este mismo motivo), sean el instrumento óptimo.

Lavinia, así pues, se presenta como pintora (al fondo de la sala, junto a la ventana, podemos ver su caballete), pero también como dama de buena posición social (vestimenta a la moda y criada), educada en música y en letras. La inscripción en la parte superior izquierda del cuadro está en latín, lengua culta, y nos dice que es doncella, hija del pintor Próspero Fontana, y que ha pintado el autorretrato mirándose a un espejo, como la tradición clásica (Plinio el Viejo y después Boccaccio) decía que lo hicieron las grandes pintoras de la Antigüedad.

La calidad de este óleo es extraordinaria, como lo fue la mujer que desde él dialoga con nosotros, revelándonos preciosos secretos acerca de su mundo y su personalidad. Lavinia nos cuenta que tiene veinticinco años y un innegable talento para la pintura. Si nos fijamos bien, además, veremos lo importante que es para ella la imagen pública que se construya, y que debe hacerlo con mucho más cuidado y atención que los colegas varones que dominan el panorama artístico. Pero, como pintora que es, nos está hablando también de sus referentes profesionales y estéticos. Ahí está, naturalmente, su padre, Próspero Fontana, en esa perspectiva que da profundidad a la sala abriendo un espacio misterioso al fondo. Pero, sobre todo, hay un referente claro y poderoso, el único con el que Lavinia puede identificarse plenamente, porque sólo hay una mujer que antes haya llegado tan lejos como ella quiere llegar: Sofonisba Anguissola, la gran maestra del retrato renacentista. La pintora de pintoras, la que llegó a trabajar para el monarca más poderoso del planeta y cuyo arte alabó el mismísimo Miguel Ángel Buonarotti.

Sofonisba Anguissola (c.1535-1625) ya se había autorretratado en dos ocasiones tocando la espineta. En una de ellas, cuyo modelo sigue Lavinia, aparece también la criada al fondo. La proyección pública de la figura y el talento de Sofonisba se basó en gran medida en la producción y envío a toda Europa de autorretratos. Estos varían en composición y tamaño, pero en todos ellos se subrayan las virtudes de la dama renacentista enunciadas por Castiglione. A diferencia de Lavinia, Sofonisba sí se inmortalizó pincel en mano, en un despliegue de maestría y audacia solo acometido antes por Caterina van Hemessen (1528-1587), la primera mujer de la historia que se autorretrató en el acto de pintar. El éxito y la fama sin precedentes de Sofonisba Anguissola la convirtieron en el espejo en que se mirarían las pintoras de generaciones posteriores. También Marietta Robusti, la Tintoretta (c.1554-c.1590) se autorretrataría junto a una espineta, sosteniendo una partitura.

Lavinia nos mira y nos habla. Quiere parecerse a Sofonisba, quiere mostrar al mundo su exquisita educación y su dominio del arte de la pintura. La escuchamos con una sonrisa, porque nosotros también tenemos secretos. Sabemos que llegará a ser la primera pintora que reciba encargos públicos, y la primera en pintar desnudos; que trabajará para los clientes más importantes, incluyendo el Papa; que sus cuadros se pagarán más caros que los de Anton van Dyck y que su fama se extenderá por toda Europa. También sabemos que tendrá que mantener a sus padres, a su marido y a sus once hijos pintando sin descanso, embarazada o convaleciente, y que todo el dinero que gane deberá entregarlo a su padre mientras este viva, en virtud del contrato matrimonial. Pero nos limitamos a devolverle la mirada. Hay secretos que es mejor guardar.


Imagen: Lavinia Fontana, Autorretrato tocando la espineta, 1577. Roma, Accademia Nazionale di San Luca 


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