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El vals

Revista Ritmo 940. Mayo-Junio 2020

Mobirise

Dos figuras se entrelazan con la armonía perfecta e irrepetible de las olas, pero no son de mar, sino de bronce. Y, sin embargo, podemos sentir su respiración, adivinar el calor de sus cuerpos. Su abrazo es el corazón de un vals que palpita para la eternidad con el misterioso latido del deseo, con la cadencia de la entrega, girando al compás del motor de nuestra existencia.

En estos días de reclusión que vivimos parece interesante, puesto que hablamos de arte, recordar a Camille Claudel (1864-1934). La escultora más grande de la historia pasó los últimos veinte años de su vida encerrada en un manicomio por deseo de su madre y su hermano. Durante todo este tiempo apenas fue visitada, y su familia desoyó sistemáticamente los informes favorables de los médicos para devolverle la libertad. Fue el cruel final de una vida plagada de dificultades y altibajos personales y profesionales, a los que la artista se enfrentó siempre con orgullo y valentía. No obstante, la desgraciada existencia de Camille y su turbulenta relación personal y profesional con Auguste Rodin han dejado muy a menudo en un segundo plano el valor de su producción artística y su personalidad creadora, sin duda entre las más fascinantes del siglo XX. El cliché del amor apasionado entre el genio y la musa oculta un intercambio artístico entre dos creadores que se influyeron mutuamente, y hace desaparecer la lucha titánica de la escultora por llegar a lo más alto en su profesión.

La escultura era, de todas las Bellas Artes, la que se consideraba menos indicada para una mujer. Requiere de un esfuerzo físico enorme, es sucia y poco elegante. Camille Claudel se dedicó a ella desde que tuvo uso de razón. Aprendió que la moldeable arcilla podía convertirse en algo permanente a los cuatro años. A los doce ya destacaba en la escuela por sus dibujos, y modelaba personajes antiguos y heroicos como Napoleón o Bismarck. Fue entonces cuando el escultor Alfred Boucher quedó maravillado con su talento y comenzó a darle clases. Apoyada por su padre se trasladó a estudiar a París, donde, aunque en la Escuela de Bellas Artes estaba prohibido, algunas academias privadas permitían a las mujeres asistir a clases de dibujo con modelo desnudo. Allí alquiló su propio estudio junto a otras dos escultoras y comenzó su carrera profesional. No tardaría en entrar como aprendiz en el taller del gran Rodin.

Camille trabajaba doce horas al día, era apasionada y autoexigente. A diferencia de Rodin, que encargaba este trabajo a sus aprendices, siempre cincelaba ella misma sus esculturas en mármol. Pese a que el reconocido maestro tenía más de cuarenta años y la alumna apenas veinte, Rodin mostró desde el principio enorme respeto y admiración por el talento de Claudel. Un ejemplo de que la influencia artística no fue unidireccional es la Joven con gavilla, que Camille modeló en barro en 1887 y Rodin reprodujo casi literalmente en su Galatea dos años después.

El gran vals, la escultura que ilustra este texto, fue originalmente concebida por su autora con las dos figuras desnudas. El ministerio francés de Bellas Artes, considerando encargarle una versión en mármol, mandó un inspector al taller de la artista para examinar la obra. El informe alabó la calidad técnica y artística de la pieza, pero su evidente sexualidad resultaba incómoda, porque las manos que le habían dado vida eran manos de mujer. Si quería un encargo oficial, la señorita Claudel debía adecuar la obra a su condición femenina, es decir, vestir las figuras. La indignación de la escultora estalló como una tempestad: ¿Acaso alguien habría osado sugerir a Rodin una estupidez semejante? Camille siempre fue muy consciente de su talento y exigió respeto por su obra. Pero el orgullo no paga las facturas. La artista tuvo que crear, por tanto, ese extraordinario paño viviente para ocultar las zonas más expuestas de su bailarina. A pesar de todo, el encargo oficial nunca se produjo, si bien infinidad de clientes particulares quisieron comprar una versión de la escultura. Uno de ellos fue Claude Debussy, amigo y admirador de Camille, sobre cuya chimenea había un ejemplar.

Camille Claudel tuvo fieles mecenas y clientes, pero encontró siempre imposible obtener el reconocimiento oficial. Creó monumentales obras maestras como Sakuntala, El vals, Clotho o La edad madura, pero el período más fecundo de su carrera fueron los diez años que siguieron a la ruptura con Rodin. Abandonó al amante y rechazó al maestro, buscando un lenguaje opuesto con pequeñas obras llenas de originalidad y misterio como Las habladoras o La ola.

El final de Camille Claudel fue terrible, pero perpetuar el relato que ignora su importancia como artista y el valor de su obra en favor del drama sería encerrarla de nuevo. Por eso hoy, que vemos el mundo a través de la ventana, quiero recordar la indomable libertad vital y creadora de Camille Claudel, gracias a cuyo arte podemos, entre otras cosas, aferrarnos a la belleza de este vals prodigioso.

Imagen: Camille Claudel, El gran vals, 1903-5 (Museo Soumaya, México).