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La sonrisa y la estrella

Revista Ritmo 944. Noviembre 2020

Mobirise

Algo en la ventana ha llamado la atención del niño que, hasta hace un segundo, estaba concentrado en su práctica musical. Sobre la pared, a modo de naturaleza muerta, cuelgan un violín y una flauta de pico. La luz que da de lleno en la figura del muchacho proyecta su sombra sobre los instrumentos, y nos habla a la vez de la procedencia y del virtuosismo del artista. Estamos ante un inconfundible interior holandés, y fue realizado por la pintora de Haarlem Judith Leyster (1609-1660)

Todo en esta obra resulta natural. El gesto del niño, el peinazo roto de la silla (¿lo partió el pequeño de tanto balancearse o se trata de una pista sobre la escasez de medios del maestro de música?), el desconchón y las paletadas de cal visibles en la pared, la fría luz del norte de Europa entrando por la ventana que sólo adivinamos, pero que es tan cierta como si pudiéramos verla. Todo resulta fácil, espontáneo, fresco. Y, sin embargo, la precisión con que cada elemento se distribuye por el lienzo, la maestría con que se describen las telas y objetos y la complejidad del tema -a la vez retrato, naturaleza muerta y escena doméstica- indican un brillo intelectual y una destreza técnica que sólo los grandes artistas poseen.

Poco se sabe de la formación de Judith Leyster, pero debió de ser un talento precoz, porque ya es mencionada en un libro de personajes ilustres de Haarlem publicado cuando ella rondaba los veinte años. Sin duda hubo de contemplar de cerca y con admiración las obras de Frans Hals, el gran maestro del retrato holandés. Hals trabajaba en Haarlem y era una generación anterior a Judith y a Rembrandt, que fueron entre sí contemporáneos casi estrictos. Podemos ver su influencia en el manejo asombroso de la luz y la pincelada brusca y decidida de Judith, pero basta una observación detenida para advertir también una personalidad y un sello propios. Como era frecuente en la pintura holandesa de aquel período, en la obra de Leyster predominan los retratos y las escenas costumbristas, generalmente impregnadas de una alegría de vivir que, además de en el carácter de la propia artista, encuentran su explicación en la historia.

El año en que nace Judith se abre un período de paz y recuperación sin precedentes en los Países Bajos. Su gobernadora, Isabel Clara Eugenia de Austria (1566-1633), firma una tregua con las Provincias Unidas del norte, con las que el imperio español libraba la interminable guerra de los ochenta años. Fue un oasis de doce años que permitió el comercio entre los dos territorios, y durante el cual, gracias a las sabias políticas de Isabel, la economía de los Países Bajos floreció. Esto dio como resultado una Burguesía adinerada con capacidad para adquirir objetos de lujo, entre los cuales estaban las obras de arte. Este nuevo cliente, por lo general un rico comerciante, quiere pinturas que reflejen su vida y sus aficiones. Se buscarán, por tanto, obras de mediano y pequeño formato, principalmente retratos, bodegones y escenas costumbristas y domésticas.

Judith Leyster fue, según varias fuentes, la primera mujer aceptada en el Gremio de San Lucas de Haarlem. Adquirió así el estatus de maestra pintora y tuvo su propio taller, con aprendices a su cargo, del que salieron pintores de cierto éxito. Era conocida y respetada en la profesión, y sus pinturas desenfadadas y chispeantes se vendían muy bien entre la clientela burguesa. Niños sonrientes de encendidas mejillas, alegres bebedores de cerveza, músicos y jugadores de cartas proliferan en su obra, en la que también encontramos escenas misteriosas como el Hombre ofreciendo dinero a una mujer del Mauritshuis, cuyo silencio y ambiente dorado preludian a Vermeer.

Esta exitosa carrera cesó cuando contrajo matrimonio con otro pintor, con el que tendría cinco hijos. A partir de ese momento apenas se conoce obra suya. Como ocurre en tantas ocasiones con las mujeres artistas, la que fue reconocida maestra en vida pasó a ser borrada de la historia tras su muerte. Gran parte de las obras de Judith fueron atribuidas a veces a su marido y otras muchas a Frans Hals. Su maravilloso autorretrato de la National Gallery de Washington, en el que la pintora detiene su trabajo para saludarnos con una gran sonrisa, se tuvo por un retrato que Hals habría hecho a su hija. En obras como La alegre compañía del Musée du Louvre, incluso, la firma apócrifa de Hals se añadió encima de la de Leyster. Judith firmaba sus cuadros con un monograma formado por sus iniciales y una estrella, en alusión al origen de su apellido, leider ster (estrella líder). Era el nombre de la cervecería de su padre, y también el que daban los marinos a la estrella polar.

Pintora de fiestas, de música y juegos, Judith Leyster nos sonríe hoy desde sus cuadros luminosos, felizmente recuperado su nombre para la Historia del Arte. Le devolvemos la sonrisa porque son cuadros hermosos, y porque su alegría, en nuestra época oscura, es como la estrella polar que guiaba a los barcos en el mar sombrío.

Imagen: Judith Leyster, Niño tocando la flauta, h.1630 (Museo Nacional de Estocolmo)