La mujer del laúd

Revista Ritmo 943. Octubre 2020

Mobirise

¿Quién es esta mujer que surge de las sombras para deleitarnos con las notas de un laúd? Hermosa y desafiante, la potente figura se aparece iluminada en violento claroscuro, y nos atrae como un faro en las tinieblas. Pese a la delicadeza con que sus manos se disponen a hacer brotar la música, no hay duda de que estamos ante una mujer de carácter. La determinación de su gesto, su mirada incisiva y la seguridad en sí misma que desprende lo revelarían, aunque no supiéramos nada de su vida. Pero, por fortuna, tenemos el honor de conocerla bien: entre un millón de cuadros distinguiríamos la pincelada maestra y el gesto altivo de la pintora romana Artemisia Gentileschi (1593-1654)

La National Gallery de Londres inaugura este 3 de octubre la exposición “Artemisia”, dedicada por completo a la maestra del Barroco. Será la primera muestra monográfica de la artista en el Reino Unido, y se podrán contemplar sus principales obras, incluyendo este Autorretrato tocando el laúd.

La presencia de instrumentos musicales -especialmente el laúd- en la pintura barroca italiana es muy frecuente, ya que Caravaggio y sus seguidores pintaban a menudo para una élite cultivada y amante de las artes. En el Tañedor de laúd (1595), Caravaggio despliega una formidable naturaleza muerta musical. El ángel del Descanso en la huida a Egipto, seguramente el más bello jamás pintado, toca el violín para entretener a un atónito José, que sostiene la partitura. Laúd y violín yacen a los pies del Amor victorioso, y así un largo etcétera. Lo mismo sucede en la obra de Orazio Gentileschi, seguidor de Caravaggio y padre de Artemisia, siendo el ejemplo más destacado su exquisita Tañedora de laúd de la National Gallery de Washington.

En la presente imagen, como en muchos cuadros de Artemisia, donde los personajes femeninos reproducen con mayor o menor vaguedad sus rasgos, es la propia artista quien nos presenta el laúd, espléndidamente descrito. La iluminación teatral típicamente barroca modela con fuerte claroscuro caravaggista el rostro y las formas de la joven, las lujosas telas de estilo oriental, sus rizos castaños, sus expertas manos de maestra pintora.

En el taller del padre, bebiendo de la pintura de Caravaggio y Miguel Ángel, aprendió la joven Artemisia el arte de la pintura, y, a decir de Orazio, a los dieciséis años no había quien la pudiera igualar. Por las actas del proceso que cambió su vida (fue violada por un colaborador de su padre y sometida a tortura para probar su condición de víctima) sabemos que a los dieciocho aún era analfabeta, pero aprendería a escribir con un estilo único, de caligrafía nerviosa, rudo, directo y apasionado, y con tantas faltas de ortografía como figuras poéticas. Sus cartas, publicadas en italiano por Francesco Solinas, la retratan como una orgullosa artista y una implacable mujer de negocios, segura de su talento y del valor de sus cuadros: “Advierta vuestra Ilustrísima –le escribe a su mecenas- que cuando yo pido un precio no lo hago al uso de Nápoles, que piden treinta y luego dan por cuatro, yo soy romana y como tal quiero siempre conducirme”. Artemisia pasó en Nápoles los últimos veinticinco años de su vida, pero la ciudad siempre le pareció cara, peligrosa y sus gentes poco serias. Allí estableció un gran taller donde formó a numerosos pintores de mucho talento, y sus clientes y mecenas fueron los personajes más importantes de España y los estados italianos.

Artemisia supo crear su propio estilo y moldearlo en función de la clientela, del naturalismo más cruento a un refinamiento casi manierista. Pero más que el lenguaje formal, y por encima de su innegable destreza técnica, es la originalidad del enfoque lo que hace única a Artemisia. Su Susana y los viejos de Pommersfelden, por ejemplo, pintada a los diecisiete años, se centra en la violencia sufrida por la protagonista, aprisionada entre el espectador y el muro, y convierte un episodio tradicionalmente usado por los pintores para recrearse en el desnudo femenino en una imagen angustiosa sin rastro de erotismo. La Judith del Museo Capodimonte supera en violencia a la del propio Caravaggio, pues donde el maestro pintó una joven temerosa mero instrumento de la venganza de Dios, Artemisia nos presenta dos mujeres ejerciendo una venganza propia, plenamente conscientes de su acción y empeñadas física y emocionalmente hasta el último músculo en acabar con Holofernes. Su Lucrecia no es una frágil prima donna presa del desvanecimiento, sino una matrona poderosa que surge de las sombras del lecho con el camisón desgarrado y aprieta su seno, símbolo de la condición femenina que la condena a la violación y el suicidio.

Abriéndose paso por el violento siglo XVII, Artemisia Gentileschi supo triunfar en un mundo de hombres y ser dueña de su destino, segura de que su trabajo valía tanto como el del mejor de los pintores. La apasionada llama de su genio encendió la larga noche de las mujeres artistas, señalando un camino que aún hoy quisiéramos encontrar libre de obstáculos.

Imagen: Artemisia Gentileschi, Autorretrato tocando el laúd, 1615-17 (Wadsworth Atheneum Museum of Art, Hartford, Connecticut)


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