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Comienzos

Revista Ritmo 946. Enero 2021

Mobirise

Una niña camina por el bosque. Va tocando una flauta de colores con solemnidad infantil mientras al fondo, en la orilla del río, otra figura sentada entre los abedules escucha las notas con aire melancólico. Por los zuecos y el vestido intuimos que la pequeña no está de paso por este entorno campestre: seguramente es una habitante del pueblecito cercano. Puede que pertenezca a una humilde familia de campesinos, o tal vez sea hija de alguna de las jóvenes madres solteras que habitan el asilo de pobres y posan para los pintores por un poco de comida. El pueblo es Worpswede, en la Baja Sajonia, cuya tranquilidad y entorno bucólico han atraído a artistas de diversa condición. Una de ellas es la pintora Paula Becker (1876-1907), figura indiscutible de la vanguardia alemana y autora de este cuadro.

La infancia es el comienzo de la vida. Por eso esta pintura ilustra a la perfección el mes de enero, siempre época de comienzos pero, ahora más que nunca, blanco de todas nuestras esperanzas. Paula Becker estableció con sus pinceles y sus decisiones muchos comienzos. El del expresionismo alemán fue sólo uno de ellos.

Criada en un ambiente familiar culto, Paula Becker tomó sus primeras clases de dibujo a los 16 años, cuando su familia la envió a Inglaterra a estudiar. A su regreso a Bremen quiso continuar formándose en una academia privada, y dedicó a ello muchas horas al día. Paralelamente, por complacer a su padre, sacó el título de maestra, aunque ya nunca abandonaría la pintura, su verdadera vocación.

Con apenas 20 años viajó a Berlín para continuar estudiando dibujo y pintura. Por aquella época, en una excursión familiar a Worpswede, un pequeño pueblo al norte de Bremen, Paula descubrió la colonia de artistas que se había formado pocos años antes, donde muchos pintores estudiaban la naturaleza de espaldas a las academias, a la manera de la escuela de Barbizon. Fascinada por la singularidad del paisaje y el ambiente bohemio, comenzó a visitar regularmente la colonia, conociendo allí a otras mujeres artistas, como la paisajista Hermine Overbeck-Rothe (1869-1937) o la escultora Clara Westhoff (1878-1954), que sería su íntima amiga. Con ella hizo Paula su primer viaje a París, corazón de la modernidad, donde quedó fascinada por Gauguin, Cézanne y los Nabis. Atraída sin remedio por las formas de las vanguardias, Paula volvería a la capital francesa en varias ocasiones, llegando a vivir allí durante largos períodos.

En Worpswede se encontraba también el pintor Otto Modersohn, con quien se casaría en 1901. Pese a que el artista al principio valoró el talento de Paula y financió algunos de sus viajes a París, terminó por criticar su pintura. Según él, su esposa buscaba erróneamente hacer todo “anguloso, feo, extraño y leñoso”, y es que, como también escribiría, “las mujeres no conseguirán fácilmente lograr algo decente”. A pesar de esta y otras duras críticas que la artista recibió al exponer sus obras por primera vez, ella continuó creando sin descanso, segura de su objetivo: “Voy a ser alguien”.

Efectivamente, en la búsqueda de la “gran simplicidad de la forma”, que será su leitmotiv artístico, Paula se expresa con una pincelada tosca y abrupta, transmitiendo lo esencial con un lenguaje aparentemente rudimentario. Pinta paisajes, pero también bodegones -con una clara influencia de Cézanne- y muchos retratos. Aparecen en estos las gentes humildes de Worpswede, madres amamantando a sus bebés, ancianas y niños especialmente, pero también personajes de su entorno, como su amiga Clara Westhoff. Paula nos presenta a la escultora, entonces ya casada con Rainer Maria Rilke, vestida de blanco y con una rosa roja en la mano, en uno de los retratos más hermosos y poéticos de su producción.

Paula Becker fue también la primera mujer que se autorretrató desnuda. Lo hizo varias veces, destacando su bellísimo Autorretrato en el sexto aniversario de matrimonio, donde la pintora nos muestra un vientre grávido que sabemos que no existía en aquel momento, y que tal vez aluda al miedo que Otto Modersohn tenía a un posible embarazo tras la muerte de su primera mujer. El autorretrato del MoMA, en cambio, fue pintado en 1907, cuando la artista realmente esperaba su primera y única hija. Encontramos la mirada inteligente de sus grandes ojos oscuros mientras apoya una mano sobre el vientre abultado y con la otra nos muestra dos flores. Ese mismo año, dos semanas después del parto, Paula murió de una embolia a los treinta y un años. Dejaba al menos setecientos cincuenta cuadros y más de mil dibujos.

Durante mucho tiempo la obra de Paula Becker fue ignorada o subestimada, por lo que los múltiples y valiosos comienzos que estableció en la Historia del Arte han sido reconocidos después de su muerte. Fue pionera, póstumamente, en una última cosa: tener un museo con su nombre siendo mujer.

Deseamos que este año que comienza sea hermoso y alegre, como la pequeña flautista que los pinceles de Paula nos regalaron cuando aún le quedaba tanto por empezar.

Imagen: Niña tocando la flauta en un bosque de abedules, 1905. Museo Paula Modersohn-Becker, Bremen